Un Encuentro Familiar

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Muchas personas preguntan ¿qué tiene realmente de especial la revelación Cristiana? … Todo, absolutamente todo.

La historia de salvación inicia con una Creación que era buena, Dios la había creado así. En medio de dicha creación pone al hombre y Dios vio que era bueno-bueno, es decir, bueno a más no poder. Pero había algo que no estaba tan bien… Dios vio que el hombre estaba solo y eso no era parte del plan.

Desde un inicio el plan de Dios es formar con el hombre una familia, una familia que va más allá de como la entendemos modernamente.


Dios se revela a si mismo como una familia, como tres personas que viven en comunidad—comunión. No es de extrañar entonces que la esencia del hombre sea el “no—estar—solo”

De alguna manera el hombre cae, hace algo que no le permite gozar de la compañía de Dios. Podemos llamar a ese acto falta de confianza, pecado, desobediencia… aunque miremos el Genesis no encontraremos todo lo que se puede decir, pero sí podemos contraponer a Adan con Cristo, lo que Adan no pudo hacer Jesús lo realiza a la perfección: se entrega por completo al Padre. Entrega que se manifiesta exteriormente en obediencia y en un sufrimiento hasta la muerte (porque la muerte es la consecuencia del pecado).

Algunos que no han comprendido las profundidades del amor de Dios quieren ver en la cruz a un dios sádico que descarga su ira en la espalda de su propio Hijo… Pero si miramos realmente a Jesús a los ojos y comprendemos de que va toda la historia de salvación, nos encontramos con que el acto de Jesús es un acto de entrega total, consuma lo que Adan no puede y nos gana la gracia de Dios, gracia que es el gozo, la puerta, la llave para poder estar en su presencia. No porque Dios sea un dios mamón que quiera ponernos a prueba, sino porque es parte intrínseca de la naturaleza—esencia de Dios y por lo tanto de toda la creación: solo aquel que ama por completo, por entero, absolutamente—totalmente, entregándose hasta la muerte, puede gozar del amor trinitario, solamente así Dios puede donarle realmente parte de su vida divina.

Dios va realizando una alianza, primero con una persona, luego con una familia, luego con un pueblo, después con una nación, y finalmente con todos los que quieran llamar a Cristo su hermano. A ellos los adopta y a esa familia le llamamos Iglesia. La Iglesia no son los padrecitos y las monjas, son todos aquellos que Dios adopta en su familia porque pueden llamar a Jesucristo su salvador, su rescatador.

Todo este lenguaje no lo comprendemos porque vivimos épocas en que la familia ha sido disminuida a una micro-sociedad de personas que viven bajo un mismo techo y su trabajo es realizarse cada uno de manera personal, siendo el otro un pequeño desahogo de afecto cuando dejo de pensar en mi o peor, un medio para mi propia satisfacción.

Para el antiguo, para el Judío, para el que estaba más cerca de la alianza con Dios, una familia era todo aquel que venia de un mismo linaje, de un mismo antepasado. Por eso todos en Israel eran hermanos, y a su vez dividían sus familias en tribus enormes. Pero además, un forastero podía entrar en una familia, podía ser aceptado aunque no tuviera lazos de sangre, solo debía adoptar las responsabilidades y culto de la tribu a la que se introducía. La alianza o pacto entonces se celebraba con una comida en común y un sacrificio (¿la última cena?) y este pacto era más que un contrato, era un intercambio de personas, tú para mi y yo para ti. (¿Matrimonio?)

Por eso la alianza de Dios con Israel era algo más que una fidelidad entre un rey y un vasallo, era la fidelidad de una familia.

Por eso cuando Dios se hace hombre y admite—toma nuestra naturaleza humana… lo hace para lograr algo que ningún otro hombre iba a poder lograr de ninguna manera, la entrega total y absoluta hacia Dios, el sacrificio perfecto de la vida siendo él completamente inocente y sin mancha, sin nada que ganar para él que no sea darnos todo. Cuando se encarna, pisa la tierra, y se ofrece a si mismo en la cruz… sella una nueva alianza entre el hombre (con el como nuestro representante—salvador) y Dios (La Trinidad). Por eso podemos decir que nosotros, que somos forasteros a la divinidad, a la familia trinitaria, somos adoptados por ella en el pacto, en la alianza de Jesús. Es en él, que podemos llamarnos verdaderamente, VERDADERAMENTE, HIJOS DE DIOS.

¿Pero no podía haberse ahorrado Dios todo esto y simplemente darnos la vida divina? NO, porque Dios no puede mentir, no puede darnos algo que no haya sucedido realmente… un hombre tenia que lograrlo, tenia que hacernos participes de la vida trinitaria, de la entrega total… ahora podemos “colgarnos” de esa victoria simplemente por amar a Cristo e intentar seguirlo, por entrar en su nueva familia, la Iglesia, por haber nacido de una mujer, por haber nacido en esta carne, que sin Cristo nos condenaba a la lejanía divina, ahora con Cristo nos hace hijos de Dios.

La revelación de Dios es la locura de un Dios que nos creo para él y para los demás, para no estar nunca solos. Cuando no quisimos amar, cuando nos expulsamos nosotros mismos de la presencia de Dios, el comienza a realizar alianzas con nosotros, nos va educando poco a poco en lo que es la verdadera adoración, ser como Él… hasta asumir por nosotros nuestra naturaleza y adoptarnos si confesamos con nuestra boca que él es Jesucristo nuestro salvador, que es decir, él es quién nos rescata de la soledad y nos adopta en una familia para que ya no estemos solos sino que podamos amar con todo nuestro corazón con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas, porque la soledad solo se llena amando como Dios ama.

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